Parafraseando el título de M. Kundera, me permito escribir este artículo con la intención de expresar una opinión respecto de la instalación de molinos aerogeneradores en Cantabria; posibilidad probable que, se mire como se mire y precisamente porque se va a ver mucho, no dejaría de ser una carga difícilmente soportable para nuestro entorno, a pesar de las bondades que esta forma de producción alternativa de energía tiene y de sus, a priori, leves impactos.

Estamos de acuerdo en que, desde una perspectiva global, la necesidad de diversificar las fuentes de producción de energía y de potenciar aquellas que tengan un menor impacto en el efecto invernadero es una necesidad planetaria. También en que la racionalización del consumo es la base de la sostenibilidad. Mal vamos con los excesos térmicos del primerísimo mundo, donde te pelas de frío en las casas en verano y te cueces de calor, en la oficina, en invierno.

Sin embargo, la vieja máxima conservacionista “piensa globalmente y actúa localmente” nos puede sorprender negativamente si se traslada urbi et orbe a todos los supuestos; pues no se puede olvidar que, ante alternativas viables, tendremos que optar por aquellas que supongan un menor impacto.

Cantabria es una Comunidad que tradicionalmente ha mostrado una dependencia energética, sin que esta situación, por sí sola, suponga mayor problema, integrados como estamos en una red de distribución que tendrá que mejorar y ampliarse. Esto sí resulta evidente.

La polémica que se suscita en torno a la instalación de aerogeneradores en Cantabria incide de una u otra manera en cuestiones de fondo que van más allá de la mera decisión energética.

En la base de la cuestión radica, creo, una decisión sobre el modelo de desarrollo que queremos para Cantabria. La evidencia del tremendo impacto visual y del destrozo paisajístico, además de otros impactos también notorios: las pistas, ruidos, etc., nos eximen de su explicación técnica y nos facilitan entrar en la cuestión.

¿Conviene o necesita el interés general de Cantabria de la implantación de centros de producción de energía eléctrica utilizando molinos aerogeneradores?

Dejando de lado los intereses concretos y particulares de alguna compañía que, legítimamente, pretenda ganar unos millones de euros sobre la base de aniquilar nuestro paisaje, podemos reflexionar sobre los intereses de Cantabria.

1) La supuesta necesidad de autosuficiencia energética.

Tal y como se mencionaba más arriba no parece que sea imprescindible conseguir una autarquía energética y la realidad de la distribución hace aconsejable invertir en mejorar la Red.

Sin embargo, de optar, por las razones que fuere, por incrementar nuestra producción energética, no parece que la energía eólica sea una fuente de producción suficiente para asegurar esa independencia energética. Tan sólo aportará diversificación.

Existen otras posibilidades.

2) Las fuentes de producción.

Descartadas las centrales nucleares y las térmicas de carbón y similares, las alternativas más sólidas pasan por la cogeneración y la instalación de plantas de ciclo combinado, ubicando las centrales de producción en zonas adecuadas, con marcada vocación industrial, ya dotadas de infraestructuras (a mejorar) y próximas a los medios de distribución. Con toda legalidad y superados los correspondientes procedimientos de evaluación del impacto ambiental.

Dentro de las energías alternativas, asoma ahora la posibilidad de instalar plantas mareomotrices, que aprovechen la energía de las olas para producir electricidad, posibilidad ésta que no tienen otras Comunidades del interior.

También se puede apostar, con moderación inicial pero siendo conscientes de su potencial desarrollo, por la instalación de alguna planta de biomasa que aproveche la capacidad de producción vegetal que tenemos en Cantabria.

Las energías solares, térmica y fotovoltaica, siguen mejorando mucho sus prestaciones y, sin duda, para el suministro particular, constituyen una verdadera alternativa. Incluso con nuestras horas de sol.

Las minicentrales hidráulicas tropiezan siempre con la naturaleza de nuestros ríos y, en comparación, no estamos tan mal dotados de esta fuente de producción. Torina y el Nansa son representativos, a mayor escala.

La instalación de aerogeneradores puede aparecer como la alternativa más inmediata, dado el desarrollo técnico que este sector ha alcanzado y la posibilidad de contar con inversión privada.

La mayoría de estas fuentes alternativas choca, no obstante, con el problema de su irregular producción, dependiente de la meteorología que toque en suerte, y con el tradicional obstáculo de su difícil acumulación para su distribución o aprovechamiento en condiciones de no generación.

3) La posible colisión de intereses.

Ante la amplia panoplia de alternativas posibles (algunas improbables) y sobre la hipótesis de incrementar de manera radical la producción autóctona de energía eléctrica, surge la cuestión ¿es la energía eólica la más adecuada para contribuir al objetivo?.

Creo que, en el caso de Cantabria, no lo es.

La anterior “buena reputación” ambiental que tuvieron en su momento los molinos aerogeneradores rinde aún excelentes dividendos para sus “plantadores”, hasta el extremo de llegar a significar, como un supuesto déficit, el hecho de la nula implantación de estos armatostes en nuestra región, como si de un deshonor o baldón se tratase; cuando, hoy por hoy, es motivo de satisfacción.

La implantación de estos parques generadores, precisamente en aquellos lugares económicamente más interesantes para las empresas explotadoras, conlleva de manera irremediable la destrucción de uno de nuestros valores naturales y patrimoniales más preciados: el paisaje de la montaña media.

Y es aquí donde me parece que radica el eje de la cuestión. ¿Podemos sacrificar el paisaje de nuestra región para conseguir unos cuantos MW alternativos?

No. La respuesta negativa es coherente con una apuesta a largo plazo donde se apunta hacía la calidad ambiental, de vida y paisajística; factores que se consideran como pilares de un desarrollo orientado hacia el sector de los servicios de excelencia.

La pequeña ventaja productiva que la instalación de aerogeneradores conlleva, ventaja subvencionada, no compensa el evidente daño que ocasiona a la totalidad de los ciudadanos de Cantabria, que veríamos expoliado, con un mínimo retorno, uno de nuestros principales activos. Un activo que, además, por su propia naturaleza, es de todos y todos nos beneficiamos del mismo, directa o indirectamente.

Otras soluciones, menos maduras económica o técnicamente, pero muy interesantes y ligadas a actividades relacionadas con la I+D+i, pueden servir de apoyo a la diversificación energética sin suponer, inexorablemente, la expropiación fáctica de una parte importante de nuestro patrimonio natural y, por qué no decirlo, de nuestra identidad como cántabros.

Quizás sea el momento de despejar la premisa mayor; tomar la decisión de fondo sobre la autosuficiencia energética, o no, y su generación mediante verdaderas centrales de producción, y esperar antes de empezar a sembrar nuestros montes de armatostes.

Hoy en día, gracias a los años transcurridos, podemos ver que, incluso en los grandes países productores de energía eólica -como Alemania o Dinamarca- se incrementa la oposición ciudadana a la instalación de más molinos, salvo que éstos se ubiquen en zonas de mínimo impacto visual, lo que está desplazando muchos parques hacia el litoral, pero instalados en la plataforma continental, aumentando el tamaño de los molinos para rentabilizar el incremento del coste por megavatio que supone la ubicación marítima. Se trata de echar al mar los molinos, liberando el paisaje terrestre -el que la mayoría de las personas vemos o apreciamos- de la insoportable levedad de la energía del viento.

Sin embargo, paradójicamente, gracias a la sistemática vulneración del artículo 45.2 de la Constitución Española por parte de nuestros avispados vecinos del Sur, tenemos que soportar, de facto, el ingente perjuicio que para algunos de nuestros valles supone la instalación “fronteriza” de los gigantes aspados. El citado precepto establece que:

Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de la vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva.

Curiosa solidaridad ésta que pasa por masacrar la línea del horizonte a la Comunidad vecina, atacando directamente uno de los más importantes –y no renovables- bienes de su patrimonio, en este caso el paisaje de la media montaña y los valles ganaderos.

 



Martín Silván

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