A finales de agosto se publicó en este mismo periódico un artículo referido a Noja titulado “El Ayuntamiento apuesta por el desarrollo sostenible”. En este breve escrito se nos informaba de que “la búsqueda del desarrollo sostenible ha sido una de las prioridades de la Agencia de Desarrollo Local y de Medio Ambiente” del Ayuntamiento nojeño. Y esto se logrará, proseguían, “creciendo hacia el bienestar sin agotar ni destruir los recursos, con el objetivo de fortalecer el sentimiento de identidad, la comprensión de la historia y poner en valor el patrimonio”. Se trataría, por tanto, de compaginar la expansión de la villa “con la conservación de la riqueza medioambiental y arquitectónica.”

Supongo que quien no conozca la realidad de Noja celebrará alborozado tan magníficos propósitos. Sé que para quienes la conocen resultan un amargo sarcasmo. Mucho más amargo sabiendo que el Alcalde que deberá capitanear el desarrollo de esos idílicos proyectos es el mismo que gobierna la villa desde hace quince años.

En estos quince años hemos asistido en Noja a una extraordinaria exhibición de desarrollismo irracional cuyos criterios rectores (obtención del máximo beneficio inmediato, inexistencia de planificación adecuada, dilapidación de los valores naturales y paisajísticos, prelación del interés particular sobre el general) son antitéticos de los de cualquier estrategia de sostenibilidad.

Siendo estrictamente objetivos, y analizando la actuación municipal de los tres últimos lustros, el crecimiento de Noja ha tenido lugar a costa de la destrucción de recursos, de la absoluta pérdida de identidad, del desprecio a la historia y el patrimonio de la villa y, sobremanera, contra el bienestar de sus habitantes.

Se destruyeron recursos naturales al edificar en terrenos de máximo valor ecológico y paisajístico (barrio de Pedroso, en la costa; Belnoja, en donde antes hubo un bosque también asomado a la mar; Helgueras, entre la playa y las marismas que a estas alturas tanto preocupan ante las amenazas de la Unión Europea; Ris, sobre un sistema de dunas cuyos últimos restos ahora vallan “para conservarlos”). Lo peor es que no sólo se ha destruido un enorme caudal de la riqueza medioambiental de Noja, sino que, contra lo que ahora dice pretenderse, se tiene intención de continuar destruyéndolo con la creación en la costa de un puerto “deportivo-pesquero” acompañado de las correspondientes urbanizaciones aledañas, y con el trazado de un paseo marítimo que quizás consiga tapar definitivamente cualquier resto rebelde de naturaleza en la zona.

En cuanto a la evidente pérdida de identidad de la villa, la anárquica proliferación de urbanizaciones anodinas, sin ninguna personalidad, carentes desde luego del menor rastro de influencias arquitectónicas regionales (parece que creyeran que hacer casas montañesas en Cantabria pudiera molestar a los potenciales compradores foráneos), ha convertido al que era un pueblo singular en una masa urbana vulgar e irreconocible en la mayor parte de su territorio. Extraña manera de conservar su identidad y riqueza arquitectónica.

Y es que al actuar sobre este tercer pilar de la sostenibilidad, desde el Ayuntamiento debe considerarse que proteger el patrimonio arquitectónico pasa por rodear los mejores edificios que una vez dieron carácter a esta villa con racimos de bloques de viviendas, como se ha hecho en torno a las casas de Velasco y de Zilla. O quizás consista en dejar caer palacios de propiedad municipal como el de Fonegra. En cualquier caso, nada que no se haga olvidar con minúsculos lavados de cara como la restauración del molino de mareas, publicada tantas veces en la prensa que hemos de temer sea ya una urbanización de molinos adosados.

Y nos queda el bienestar, la gran coartada esgrimida por los responsables de este desastre. Quizás alguien considere que todo lo perdido (la identidad de este pueblo trasmerano de historia milenaria, su reseñable patrimonio arquitectónico, sus magníficos paisajes y su riqueza natural) deba sacrificarse en el ara del bienestar de sus habitantes. Pero es que ese sacrificio, que en nuestra opinión es imperdonable, no ha traído el bienestar a Noja. Porque no es mayor la comodidad en una villa de tráfico caótico, pródiga en atascos; no es más amable la vida en una urbe que lleva años padeciendo prolongados cortes de agua por desabastecimiento; no hay mejor nivel sanitario en un pueblo que vierte sus aguas residuales a la costa previo paseo de las mismas por una depuradora inútil cuya instalación costó ingentes esfuerzos económicos. Así pues, no se ha potenciado la calidad de vida de los nojeños, sino sólo la de algunos nojeños.

Noja era y es un prodigio de la naturaleza. Hace quince años era mucho más prodigiosa que hoy, pero ni siquiera la feroz política urbanística de los últimos años ha conseguido acabar con sus enormes valores. Y ahora que uno de los mayores responsables de su deterioro parece dispuesto, disfrazado de adalid de la sostenibilidad, a rematar la faena, es el momento de evitarlo. Ya es hora de que entre la oposición municipal, el Gobierno de Cantabria, el de España y las autoridades comunitarias se acabe con el atropello. El rigor en la aplicación de las leyes y la constante vigilancia por los organismos competentes (con la actuación especialmente importante del SEPRONA ahora que se ha descabezado a la policía municipal) deberían acabar con esta vergonzosa muestra de impunidad. Si Herodes dirige la guardería, que se sepa vigilado.



F. Javier Ceruti García-Lago
Presidente de Cantabria Nuestra


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